Dario

Ana Teresa Toro

Confieso que alguna vez me intimidó tu estatura. Eras alto. Tono de voz alto. Ojos grandes. Manos grandes y abanicadoras con las cuales gesticulabas como amasando las palabras que acababas de pronunciar. Creo que sentías cariño por el aire. Lo entendías mejor que yo.

Te llevabas bien con los micrófonos, con la tinta, sabías que en la vida hacen falta todos los mecanismos posibles para escucharnos. Y tú te hacías escuchar. Lograbas la sensibilidad del oído atento, incluso en aquellos que nos sentíamos tan distantes del lugar desde el cual hablabas. Eras un cura extraño. Un hombre de ideas redondas, con frases sencillas que siempre conducían a algo más grande. Como los sabios, sabías explicarlo todo con tan pocas palabras, con las más cercanas.

 

Sé que algunos no te entendían o pensaban que era contradictorio que como sacerdote franciscano que hacía trabajo social, te sentaras en la mesa a hablar con el gobernador que fuera; que supieras llevar sandalias o guayabera, que hablaras con el más pobre o con el más poderoso de igual a igual, que abogaras por la equidad a todos los niveles. No comprendían que fueras algo más que la voz dominical en alguna iglesia y quisieras, además, compartirnos otras formas de manifestar tu vocación: a través de la poesía, de la palabra, de tu aguda y generosa intelectualidad. No entendían esa frase de Paul Ricoeur que tanto te gustaba, esa que decía que “el ser humano es ese ser que nunca coincide del todo consigo mismo”.

Muchos se sorprendían al conocerte. ¿De dónde proviene tanta fuerza? Entonces hablabas de Rincón, de tu niñez, de los libros y de la gente. Lo hacías con esa inagotable capacidad de asombro que tenías, lo mismo ante una obra de arte que al escuchar una carcajada. Yo no entiendo eso de que te has ido. Pero voy entendiendo un poco mejor lo que es el aire... la llama del agua, o esa luz que nos persigue a todos.

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