Ayudar a otros en situaciones precarias no es tarea de pocas horas. El apoyo consistente y voluntario de la ciudadanía al Tercer Sector es evidente en el desarrollo de proyectos y en su alcance. Guiado por organizaciones sin fines de lucro, un ejército de personas dispuestas a servir transforma a diario vidas en las zonas metropolitanas y en los barrios más remotos de la isla, en un binomio con potencial infinito. En esta semana de la filantropía te traemos más historias reales de los nuestros.

 


 

Tanteando la vida científica

Conoce algunos de los participantes del programa Ciudadano Científico que coordina la organización Para la Naturaleza y hasta dónde los ha llevado su interés por la ciencia.

Por Tatiana Pérez Rivera :: Oenegé


Héctor Rivera ha logrado compartir su experiencia en el programa Ciudadano Científico en foros especializados en
Estados Unidos. Foto / Suministrada

Olvide aspectos como la edad, lugar de residencia o situación económica. Vamos en busca de otra cosa. Pensemos mejor, ¿qué motiva a una persona a dejar atrás lo conocido para saber sobre lo desconocido? El deseo de aprender es la respuesta que se impone.

Eso comparten los cientos de participantes voluntarios del programa Ciudadano Científico con los que cuenta la organización sin fines de lucro, Para la Naturaleza, reclutados con la intención de apoyar y ampliar las investigaciones científicas que esta propicia. Conversar con algunos permite identificar la satisfacción que garantiza ser parte de un trabajo colectivo importante que altera sus rutinas cotidianas. La ciencia se convierte en un nuevo terreno de aprendizaje que, lejos de asustar, divierte.

Para la familia moroveña compuesta por Manuel García Vega y Sandra Berlingeri Santiago, junto a sus hijos Manuel y José, participar en las actividades de Ciudadano Científico ha sido "toda una aventura".


No solo recopilaron datos, algunos ciudadanos científicos realizaron
sus propias investigaciones. Foto / Suministrada

"Nos atrajo ver que un investigador hacía su trabajo accesible a ciudadanos normales que no teníamos nada que ver con la ciencia. Era bien especial, era una clase y nosotros íbamos a aprender", detalla Berlingeri.

La dinámica de respeto mutuo les agradó. Empezaron con la investigación de ríos, pero luego participaron "en la de los murciélagos, en la de arena, en la de bosques, en la del sapo concho". Guíados por Concepción Rodríguez en el Río Pozas en Ciales, midieron su cauce, su profundidad, temperatura y humedad, tomaron muestras e identificaron los camarones y las buruquenas que ésta investigaba.  

"Se escogían especímenes, se identificaban y luego se devolvían al río, nosotros participábamos de todo. Mis hijos aprendieron muchísimo del proceso porque se utilizaba todo el método científico", resume la experiencia Berlingeri, cuyos hijos se iniciaron en el proyecto con doce y catorce años.

Como familia reforzaron conceptos como responsabilidad y trabajo en equipo.

"Llegábamos a las siete de la mañana al punto de encuentro a cooperar, a cargar cosas, a subir y bajar las cuestas y los muchachos lo realizaban con compromiso y teniendo en cuenta que era una privilegio estar allí y que teníamos que hacerlo lo mejor posible", menciona Berlingeri.  

Revisar la lista de participantes permite comprobar que el interés en algunos Ciudadanos científicos no caduca, especialmente en los que pasaron por todas las etapas del programa. Ese es el caso de Héctor Rivera Claudio, un contador retirado de 62 años residente en San Juan y oriundo de Guayama, quien participó en investigaciones sobre arqueología a pesar de que desconocía sobre el tema.


El murciélago fue objeto de estudio en una de las investigaciones del programa.

Se desarrolló a tal punto que realizó sus investigaciones sobre las terrazas agrícolas y habló sobre su experiencia en un congreso de la Sociedad Americana de la Arqueología en el que fungió como conferenciante. Rivera Claudio fue invitado a publicar su ponencia, "Una experiencia personal en el descubrimiento de la arqueología: mi voz como ciudadano", en la revista especializada "Journal of Archeologic".

Rivera Claudio dijo en su charla que "el proyecto Ciudadano Científico me ha dado la oportunidad de estar aquí ante una comunidad científica a la cual antes la captaba como muy distante de mi realidad". "Estas experiencias, me han afectado en cómo yo percibía el mundo académico con las comunidades. Y yo como ciudadano puedo interactuar más con las personas que me rodean, ayudando a llevar el mensaje de la conservación, gracias al conocimiento científico aprendido participando en estos proyectos. El poder reconocer nuestras raíces y el pasado, nos capacita para entender mejor nuestro presente y aspirar un mejor futuro", aseveró en su presentación.

"Queríamos que los participantes hablaran en primera persona 'nosotros protegemos', 'nosotros hicimos' y así ha sido pero no es un discurso aprendido, es la pasión que sienten".

De otra parte, Kimberly Meléndez Rodríguez, una joven corozaleña de 16 años que se unió a la investigación sobre avifauna a los 14, realizó un conteo de aves en el Bosque de Monte Choca, en Corozal, entre el 2015 y el 2016.  

"Las aves me apasionaban y el bosque Monte Choca no tenía ningún tipo de investigación científica. Vivo a diez minutos de él", cuenta la joven quien desde los doce años era voluntaria de Para la Naturaleza hasta que fue invitada a las investigaciones lo que asegura "me encantó porque siempre había querido tomar parte de algo así".

José Salguero, su mentor, le inculcó el amor por las aves. "Si yo decía que una no era linda o no me gustaba, él me enseñaba a verla con otros ojos; él siempre le veía el lado bueno a cada ave".  


Las tareas se cumplen con responsabilidad en un gran salón de clases al aire libre.

En su investigación, Meléndez concluyó que hay unas 53 especies de aves en el Bosque Monte Choca y que la mayoría se observan en la mañana. Sin embargo, en las tandas mañaneras se observan unas que no regresan en la tarde y viceversa.

"Iba al menos una semana sí y una no, en la mañana y en la tarde", explica la joven ciudadana científica. "Me encantó la experiencia porque no solo aprendí de la investigación sino que recibí un nuevo núcleo familiar que me apoyaba si tenía dudas; fue como ganar una familia".  

Ahora Meléndez trabaja en otra investigación de entomología que se lleva a cabo en el lago La Plata en Toa Alta, oportunidad que obtuvo por su experiencia con Ciudadano Científico.


"Y sigo dando charlas sobre las aves a jóvenes de mi edad que piensan que no pueden hacer esto sin haber ido a la universidad y a los que tienen la ignorancia de no apreciar la naturaleza para que vean mi ejemplo", insistió Meléndez que en Facebook documenta su trabajo en la página Kim Island.  

La coordinadora del programa Ciudadano Científico, Sandra Faría Dávila, adelanta que van por más. "Todavía estamos aprendiendo, hasta en nuestro plan estratégico se reflejan resultados de este tipo de proyectos. Queríamos que los participantes hablaran en primera persona 'nosotros protegemos', 'nosotros hicimos' y así ha sido pero no es un discurso aprendido, es la pasión que sienten. Cuando hablas con ellos vas a notar su pasión ", se despide Faría.

Esa misma pasión que, bien encaminada, te lleva lejos.

Fotos / Suministradas

 

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