Ayudar a otros en situaciones precarias no es tarea de pocas horas. El apoyo consistente y voluntario de la ciudadanía al Tercer Sector es evidente en el desarrollo de proyectos y en su alcance. Guiado por organizaciones sin fines de lucro, un ejército de personas dispuestas a servir transforma a diario vidas en las zonas metropolitanas y en los barrios más remotos de la isla, en un binomio con potencial infinito. En esta semana de la filantropía te traemos más historias reales de los nuestros.

 


 

Nuestra Escuela: respuesta ágil

La necesidad estaba frente a ellos. Retomar las clases y alimentar estudiantes, sus familias y la comunidad fue la respuesta de Nuestra Escuela en Caguas y Loíza.

Por Tatiana Pérez Rivera :: Oenegé

Dos sonidos y un aroma marcan los pasos al subir las escaleras que llevan al segundo piso de la sede en remodelación de Nuestra Escuela en Caguas, ubicada en las esquinas Betances y Muñoz Rivera en el casco urbano criollo. Se escucha el trajín propio de la construcción a un lado y el intercambio entre estudiantes y maestros en clase del otro. De una improvisada cocina escapa el aroma a arroz guisado y picadillo de carne.

Esa es la nueva realidad de la escuela luego del paso del huracán María. Antes de ese momento, en su calendario estaba marcado el 11 de enero como día de inauguración de esa estructura. Ahora, a medio hacer, está ocupada por todos y la vida académica se empeña en ignorar el ruido de la calle, los sonidos de dos abanicos industriales y de las interacciones de los grupos en clases juntos en un mismo espacio.

"Cuando pasó el huracán convocamos a los maestros a la plaza (Santiago Palmer) y aquello estaba terrible. Decidimos entrar al edificio y nos dimos cuenta que era mejor estar allí", cuenta Ana Yris Guzmán, directora ejecutiva de Nuestra Escuela.

La velocidad de los trabajos de remodelación aumentó y desde el 2 de octubre comenzaron a reunirse allí. Ante la necesidad de alimentar a los estudiantes, maestros y vecinos de la zona, gestionaron un comedor que cuenta con la ayuda de maestras y exalumnos voluntarios. Desde el 12 de octubre sirven 150 alimentos diarios en la sede de Loíza, Centro Tau y, en la de Caguas, siguiendo el mismo modelo. Para esto, recibieron una donación de Sierra Club.

"Una de las características de Nuestra Escuela es atender las necesidades reales de nuestros alumnos. Alimentarlos era el nuevo reto que enfrentábamos porque no contábamos con espacio para esto. El Gobernador señaló en una conferencia de prensa que pusiéramos atención en sobrevivir, así que habilitamos una cocina. Estamos abriendo un espacio de esperanza", menciona Guzmán señalando además que reestructuraron las rutas de transportación para recoger alumnos.

Excepto los estudiantes de Nuestra Escuelita, los demás se están reuniendo martes, miércoles y jueves. Reciben entre 75 y 85 alumnos, de 120, en Caguas y 65 en Loíza de un total de 80. Les ha hecho falta un pago de la Alianza de la Educación Alternativa para retomar la normalidad en horario, pero apuestan a estabilizar operaciones este mes de noviembre.

"Nos llena de satisfacción el saber que, a pesar de la crisis, Nuestra Escuela pueda aportar para que ellos se vayan de aquí con la barriga llena, eso nos deja tranquilos", dice Jelisse Sánchez, empleada de Nuestra Escuela que colabora en el almuerzo.

Janet Ramos, mamá voluntaria se ofreció a ayudarlos en la tarea porque "me encanta el proyecto". Y mientras mueve catorce libras de arroz en un caldero, la ex alumna y madre de cuatro ex-alumnos, Miosotis Espinosa, asegura que cocinar en esas cantidades "es un poco difícil pero cuando se trata de ayudar nada es difícil". "Yo me siento muy orgullosa de Nuestra Escuela, sin ellos nuestra vida no sería igual", asegura Espinosa quien ya es enfermera.

HORA DE COMER

A las doce, las clases se detienen y los alumnos transforman sus mesas de trabajo en un gran comedor. Comen y luego salen del edificio para repetir el gesto con los vecinos del área a quienes sirven almuerzo en la acera. La mayoría son ancianos.

"Para mí significa demasiado este servicio. El hecho de que se nos esté dando comida y que podamos dársela a otras personas también es algo que le toca el corazón a uno", opina la estudiante Yarangelis Algarín, quien agrega que la lección recibida de este suceso es que será "más luchadora por lo que yo quiera".

En el caso de Nayelis Millán, recibir almuerzo significa "mucho". "Entiendo la necesidad que tenemos y la que hay en la comunidad y saber que en mi escuela se está supliendo eso me llena de muchas emociones, me siento muy feliz", dice Millán quien asegura que ahora aprecia más "lo que tenemos y a las personas".

Los maestros adaptaron sus enseñanzas. Fitzroy McGregor, maestro de educación agrícola, trabaja con sus estudiantes en la creación de un repelente de mosquitos, usando hierbas del huerto escolar. Ya concluyó el proceso de maceración de la citronela, el limoncillo y el mentolato y trabajan en fórmulas a las que se le añade alcohol. El fin es repartir el producto entre los estudiantes y la comunidad.

"Es bien importante esto porque nos cuidamos a nosotros y a la comunidad", opina la estudiante Emily Reyes.

A la escuela se acercó David Ortiz, un voluntario del programa de la Fundación Ángel Ramos, quien fue entrevistado y reclutado. "El reto es bastante grande, pero creo que se puede trabajar, estoy disponible para lo que necesiten", aseguró Ortiz.

Otra voluntaria es Luczeida Matos Rosa, estudiante de cuarto año de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Puerto Rico, quien desde abril trabaja en el proyecto de remodelación que ahora ha requerido su presencia constante en el edificio. "Esta es una buena experiencia, me llena, es un trabajo bien gratificante. En el ámbito de la Arquitectura es a lo que debemos aspirar hoy en día, ayudar a los que van a necesitar más de ahora en adelante", concluye Matos.

 

Fotos: Javier del Valle

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