Sin comunidad no hay rehabilitación

El aislamiento no se contempla durante el proceso de rehabilitación que enfrentan usuarios de drogas en el Hogar Buen Pastor. La compañía y el apoyo son medicinas ideales para ellos.

Por Tatiana Pérez Rivera :: Oenegé


Reconocer que necesitan ayuda es uno de los momentos claves en el
proceso de rehabilitación, asegura la manejadora de casos Wilma Santana
Meléndez. Verlos recuperados es su mayor recompensa, confiesa.
Foto / Javier del Valle

Desde la azotea del edificio que ocupan, la vista al mar serena mentes en conflicto mientras que los alrededores pueden, a veces, poner a prueba la resistencia de quienes habitan este lugar, una organización que apoya dependientes a sustancias controladas sin hogar. Pero el sector Puerta de Tierra, en San Juan, posee todo lo que la religiosa Rosemarie González necesita para la rehabilitación de los residentes del Hogar Buen Pastor, que fundó y dirige hace 25 años.

González recalca que quiso mantener el hogar en la zona, aunque esté plagada de tentaciones, “porque entiendo que las personas que viven aquí, cuando salgan, van a vivir en sitios como este”. “Quería que aprendieran a vivir entre eso y mantenerse en pie, limpios. Que no tengan recaída o no vuelvan a estar en esa esclavitud de la droga, como ellos lo expresan”, indica.

El fuerte del programa de ayuda y rehabilitación está en ser “una comunidad terapéutica” que permite a los residentes ayudarse a lo largo de todo el proceso, desde el détox hasta rehabilitación final. “Vivimos como una familia, como una comunidad”, dice Sister.

Los dormitorios en el hogar incluyen varias camas. Cuando llega un paciente que requiere entrar de inmediato al programa de desintoxicación, lo pasa junto a sus compañeros quienes le dan la mano en el proceso; desde hablarles hasta bañarles. Hay empleados capacitados para ayudar en todas las etapas del proceso, pero, la vivencia, sin duda la tienen los pares. Nadie queda aislado a un área restringida.

“Son personas que pasaron esa experiencia y saben cómo ayudar a otros”, detalla la religiosa sobre los residentes. “Tienen la misma motivación: quieren salir de ese sufrimiento, lograr una vida nueva, hacer unos cambios. Todos tienen esa misma meta, además de otras individuales”.

FE Y CONFIANZA


Reuniones semanales con la Hermana Rosemarie ayudan a los participantes
a ventilar sus temores. Ella asegura que usualmente los participantes
temen dejar las sustancias porque creen que no sobrevivirán.
Foto / Javier del Valle

Algunos participantes terminan el programa, otros se van antes, otros regresan cuando recaen y se les ayuda a levantarse de nuevo, y otros, cuando están en pleno programa, reclutan algún compañero de la calle.

“Muchas personas piensan que el adicto es incorregible, pero ellos añoran y quieren ese cambio. Si dicen que no es porque tienen miedo de dejar de usar la droga porque piensan que no pueden vivir sin ella”, asegura la Hermana Rosemarie. “Yo siempre uso el ejemplo de la dieta. ¿Cuántos se determinan a cumplirla hasta que alguien les ofrece un pedacito de bizcocho? Y si eso pasa con una dieta, cómo no va a pasar con una cosa que físicamente les exige más. No es tan fácil, necesitan apoyo”.

Creer en esa posibilidad es tan necesario como en el tratamiento con componentes naturales que los desintoxica. “Lo más que me ha impresionado es el amor que la Sister tiene hacia nosotros. Yo pienso que ella tiene una fe inmensa en nosotros de que vamos a cambiar, por eso yo creo que nos ayuda tanto”, afirma el participante Carlos Colón Ferrer, de 37 años y criado en Mayagüez, demostrando así la importancia de ese apoyo comunitario en el proceso. Hace falta que alguien crea en ellos, cuando aún no tienen fuerza para creer en sí mismos.

“Seguro que sí”, responde firme Colón Ferrer cuando se le pregunta si cree que cambiará. “Al sentir que ella confía en nosotros eso me llena a mí de energía positiva que me ayuda a yo meter mano y hacer el objetivo que vine aquí a lograr; lo que yo quiero”.

“Yo me siento libre aquí. Cuando hay que trabajar se trabaja y cuando hay que ayudar, en verdad yo me siento muy a gusto con el sitio. Mis compañeros son mi familia ahora mismo”.

El residente en el hogar sabe de primera mano que el proceso es agotador, pero indica estar convencido de que “está de uno decidir que ya tú estás cansado del sufrimiento que has tenido en la calle”. “A mí me ha ayudado mucho que no me siento con esa presión encima de que tengo gente encima observándome —aunque ella lo sabe todo en los alrededores— pero uno se siente bien sin la presión de que te están velando porque piensan que uno va a hacer algo”, agradece.

La dinámica de vida en el hogar la define como “otra cosa”, mientras lo reafirma con una sonrisa.

“Yo me siento libre aquí. Cuando hay que trabajar se trabaja y cuando hay que ayudar, en verdad yo me siento muy a gusto con el sitio. Mis compañeros son mi familia ahora mismo, yo lo acepto hay de todo, como cualquier otra familia: el que es alegre, gruñón, el que es loquito. Si no fuera por esas personas esto no fuera una familia. Me siento bien agradecido de lo que es Hogar Buen Pastor, de verdad, porque me ha ayudado a mí a ser la persona que soy hoy, y estoy bien agradecido con la Sister que me ha dado la oportunidad de cambiar mi vida y pensar que yo puedo. La esperanza que había en mí, que yo pensaba iba a seguir siendo la misma persona, y al yo estar aquí compartiendo con ellos y darme la confianza, me ha ayudado a crecer”, puntualiza Colón Ferrer.


"Vivimos como una familia, como una comunidad",
aseguran en el Hogar Buen Pastor. Foto / Javier del Valle

A Wilma Santana Meléndez, manejadora de casos que trabaja en el hogar desde hace 25 años, no le sorprenderían las palabras del participante porque son el fruto de lo cosechado. Parte de la receta de superación en el hogar incluye como ingredientes “mucho apoyo y cariño”.

“Son personas que están en las calles, que han sido marginadas. (Hay que) tener confianza en ellos para que puedan lograr las metas que ellos tienen. Entre las cosas que se le dan (en el hogar) se les ayuda en su parte de rehabilitación, de recibir terapia. Se les ayuda a encontrar empleo, vivienda. El propósito de nosotros como hogar es que las personas se reintegren y sean personas de bien”, manifiesta.

Ocho empleados del hogar son graduados del programa de rehabilitación del hogar.

Entre los indicadores de compromiso con su tratamiento que Santana identifica en los participantes están “la actitud, el reconocer que necesitan ayuda —que es el primer paso—, sus metas, el esfuerzo, día a día su conducta”. “Eso se va viendo en el caminar, en el tiempo que ellos están, la disposición, el escucharnos a nosotros como personas de ayuda, coger esos consejos que siempre le damos”, enumera la manejadora de casos.

Si todos los factores positivos coinciden en un caso, llega la anhelada liberación de las sustancias controladas y el participante es libre de reconstruir su vida con las herramientas aprendidas. “Lo más gratificante es tú ver una persona rehabilitada”, asegura Santana, “que al pasar los años, cuando ellos ya se han ido de aquí, verlos que continúan bien. Eso es lo más gratificante”.

Santana lo dice con el convencimiento de quien ha visto el milagro de la rehabilitación, una y otra vez.

 

Fotos y vídeo: Javier del Valle

 

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