Taller Salud: Acuerdo de paz

Ante el clima de violencia que vivimos, queremos revisar los programas que distintas organizaciones sin fines de lucro han implantado en sus comunidades en los últimos años. Sus aciertos y desaciertos sirven de guía para quienes dan pasos en la misión de establecer una cultura de paz.


Acuerdo de paz es un esfuerzo comunitario coordinado por Taller Salud desde el 2011 para disminuir los actos violentos
en Loíza. Foto / Javier del Valle

 

Por Tatiana Pérez Rivera :: Oenegé

El día en que no se limitaron a decir ‘ay, bendito’ pasaron a la acción. Acuerdo de paz, un esfuerzo comunitario para disminuir los actos violentos en Loíza, fue la respuesta de Taller Salud a la secuela de violencia que provocó una masacre en Ceiba en la que murieron varios jóvenes loiceños en el 2009. Optaron por no conformarse con que, en el 2011, 1 de cada 3 asesinatos en la región de Carolina, ocurrió en Loíza.

Tras dos años de trabajo con propuestas para identificar recursos económicos, en noviembre de 2011 surgió la iniciativa que, según explica su coordinadora, Zinnia Alejandro Cordero, “nace de un grupo de líderes comunitarios que se preocupan por la violencia que está ocurriendo en el pueblo”.


Parte del grupo de trabajo del programa Acuerdo de paz que reúne
otras iniciativas como Alcance comunitario, Mediación de conflictos,
Educación pública y Movilización comunitaria. Foto / Javier del Valle

“Y lo que me fascina a mí de esto es que los líderes de Loíza comenzaron a ver la posibilidad de trabajar con la violencia de una manera diferente. La realidad es que antes no se trabajaba con la violencia, bueno, se trabajaba “a cantazo”, de manera punitiva”, indica la coordinadora, oriunda de la comunidad Miñi Miñi. “Yo era una que siendo de Loíza, cada vez que moría uno de mis amigos decía ‘ay bendito’ y ya; lo lloraba, pero no había en mi mente una posibilidad de trabajar la situación”.

A juicio de Alejandro, la importancia de Acuerdo de paz radica en que “se mira la violencia como una enfermedad” y, por lo tanto, se brinda una medicina para erradicarla. El proceso de trabajo del programa lo compara con el ciclo de crecimiento del mosquito que provoca el dengue.

“Nosotros lo que hacemos es virar el cubo de agua para que no se forme el mosquito del dengue. Nosotros vamos donde los muchachos de alto riesgo a hablar con ellos porque su expectativa de vida es corta, 20, 25 años. Las experiencias son diversas; de donde empezamos a donde estamos hoy la verdad es que hemos crecido, hemos llorado, hemos perdido, hemos ganado y ganamos experiencia. Pero la problemática continúa y quizás con más confianza en nosotros mismos porque nos hemos dado cuenta de que esto funciona. Claro, esa certeza no la teníamos al principio”, resume Alejandro.

En Taller Salud, la violencia se contempla como una amenaza a la salud pública. Utilizando figuras como el interruptor de violencia –un mediador de conflictos que además sirve de guía- se promueve no solo que disminuyan los índices de violencia en el municipio, sino también que se cambie la percepción de que la misma es un método aceptable para resolver un conflicto.

 “Nosotros aquí no tenemos ni trabajadores sociales ni tenemos sicólogos, pero sí tenemos gente que conoce la calle y con un corazón que cree en el ser humano”.

La fase de Alcance comunitario, dentro de Acuerdo de paz procura que esos participantes en riesgo de cometer actos violentos o ser víctima de ellos, dispongan de oportunidades de desarrollo saludable, mientras que la de educación pública capacita al personal sobre el tema y envía un mensaje unificado de sana convivencia.

Si ocurre una muerte violenta, la etapa de Movilización comunitaria provoca que no más tarde de 72 horas luego del suceso, haya manifestaciones masivas en el pueblo para repudiarla.

“Nosotros aquí no tenemos ni trabajadores sociales ni tenemos sicólogos, pero sí tenemos gente que conoce la calle y con un corazón que cree en el ser humano”, dice Alejandro con pasión sobre sus compañeros, siempre dispuestos a vaciar el cubo de agua para eliminar el mosquito de la violencia entre el segmento de jóvenes entre 15 y 35 años con el que trabajan.

Si en el 2011 Loíza terminó el año con 42 muertes violentas, en el 2012, luego del establecimiento de Acuerdo de paz, se reportaron 23 muertes menos.

APAGANDO FUEGOS


Mediante el programa Acuerdo de paz, Taller Salud da prioridad
a la negociación, a la interrupción de la violencia y al cambio de
comportamiento violento. Foto / Javier del Valle

El loiceño Samuel Osorio Cirino trabaja como interruptor de violencia de Acuerdo de paz desde el año 2012. Piense en un encendedor de luz en la pared, cuando Osorio interviene con tácticas de mediación en una situación con alto potencial de terminar en una desgracia, calma los ánimos y trae la razón a una situación en la que los sentimientos se apoderaron del control, del mismo modo en que “se apaga la luz”.

Osorio no considera que un joven nazca con tendencias violentas. “Eso tú lo adquieres según el entorno, en tu hogar. Hay veces en que eres un niño ejemplar y llega un momento en que las situaciones te van transformando”, describe el mediador.

Las limitadas posibilidades de desarrollo también inciden en la adopción de la violencia. Brenda Fuentes Allende, de Alcance comunitario, opina que esas carencias “no te dan las herramientas para tú tener dinero, para tú sostenerte o sostener a tu familia”.

“Y yo entiendo que, al no tener esas posibilidades, tú buscas en la calle porque hay que resolver”, dice convencida Fuentes Allende, quien en principio también laboró como Interruptora de violencia y ahora maneja quince casos para los que crea un plan de acción individual.

Su colega en Alcance comunitario, Scherezada Fuentes Mangual, señala que los jóvenes en riesgo tienen “poca tolerancia y son ariscos”. “No les gusta que se acerquen extraños o que les hagan muchas preguntas”, dice Fuentes Mangual y enumera otras características como que hayan salido de la cárcel, que porten armas, tengan grillete, que hayan verbalizado que quieren matar o lo estén buscando para matarlo.

“Por eso estamos aquí, porque creemos que en nuestros jóvenes debe haber un cambio”.

Ambas mujeres son de trato suave pero firme y la experiencia las lleva a anticipar reacciones y escenarios difíciles. Con constancia han ganado espacio entre los jóvenes que atienden y afirman que cuando se conocen sus historias, escuchan relatos marcados por las ausencias; como nunca haber recibido un abrazo materno o ser llevado a un parque de pelota.


Como loiceña, a la coordinadora de Acuerdo de paz, Zinnia Alejandro
Cordero, le entusiasmó que el modelo proveniente de Chicago que
estaban criollizando contemplara otras formas de tratar la violencia
que no fueran punitivas. Foto / Javier del Valle

Osorio también sabe cómo se bate el cobre. Sus vivencias lo llevan a reconocer con rapidez “el que lleva el timón del barco” en alguno de los 44 sectores que componen el pueblo. Es loiceño y en su juventud también anduvo “en grupos”, dice aludiendo a situaciones de violencia. Pero está consciente de que, si él encaminó su vida, otros pueden lograrlo; aunque el panorama luzca difícil, mantiene intacta su fe en la transformación. “Por eso estamos aquí, porque creemos que en nuestros jóvenes debe haber un cambio”, asegura con su pausado tono al hablar y su sonrisa contagiosa.

Al principio, cuando su rol era desconocido, se acercaba a los jóvenes en torneos de softball, cabalgatas, botas de gallos o bares y se identificaba como nativo de Loíza y como mediador de conflictos para Acuerdo de paz.  

“Yo trabajo en esto, este programa vino para trabajar por ustedes y con ustedes, no tiene ninguna unión con el gobierno, no trabajamos con la policía, estamos para darte el servicio que necesites. Cualquier situación que tengas, si nos dejas trabajarla por ti, aquí estaremos”, suele decirles Osorio.

“Ellos siempre dan ese tiempito de escuchar”, asegura el mediador, quien les deja una tarjeta con su número de celular, aunque casi nunca la aceptan en su presencia.

Cuando los encuentra luego y le dicen, ‘oye, los otros días quería hablar contigo’, vuelve a hacerse disponible e intercambian números de celular. Con respeto y sin mentiras, Osorio se gana la confianza de los jóvenes en riesgo y comienza un proceso de mentoría informal hablándole de sus vivencias, mostrándoles el panorama en que dejaría a los suyos si fallece, guiándolos a buscar nuevas oportunidades.

“Esto ha calado tan profundo que ya ni citas sacamos, llegamos directo a la comunidad. Los contactos han crecido y la confianza de los jóvenes es lo que ha hecho este programa”, cuenta el interruptor de violencia.

Ahora que su rol ya es conocido y aceptado, recibe llamadas de residentes de las comunidades que le dicen “mira, deberían pasar por aquí porque yo veo como que el ambiente…” o, en ocasiones, le alertan para que con urgencia acuda a salvar la vida de alguien. Literalmente. De esas experiencias nos cuenta una en la próxima historia.

 

Fotos y vídeo: Javier del Valle

 

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