Lenguaje de señas con sello boricua

Muchas de las señas que usa la comunidad sorda en Puerto Rico para comunicarse son entendidas solo por los boricuas, igual que ocurre en otras partes del mundo.

Por Tatiana Pérez Rivera :: Oenegé


Como una universal se describe la seña de "te quiero" que destaca en la camiseta de esta joven que asistió a la marcha
realizada por organizaciones que agrupan a la comunidad sorda en el país el año pasado. Foto / Archivo Javier del Valle

Así como en la isla hablamos un español único poblado de términos provenientes de otros idiomas –el inglés mayoritariamente- y de palabras heredadas de nuestras raíces africanas y taínas, el lenguaje de señas que utilizan los sordos boricuas presenta similares características.

Esto es una consecuencia natural del entorno cultural del que se alimenta cada lenguaje de señas; del mismo modo sucede en México, en Estados Unidos, en Japón o Italia.

Aida Luz Matos es la autora del texto “Aprende señas conmigo”, un diccionario que recoge las señas en el español de Puerto Rico, y ha sido intérprete para la comunidad sorda en el canal 6 (WIPR-TV) por doce años. La autora explica que el lenguaje de señas es uno viso-gestual que incluye pantomima y contempla la expresión facial, corporal y de espacio. “Hay unas destrezas expresivas y receptivas y también un vocabulario”, indica Matos.

La especialista explica que se ha documentado que ya en el siglo XIX el lenguaje de señas era utilizado en Francia. Con él se topó el estadounidense Thomas Hopkins Gallaudet quien había visitado Inglaterra en busca de nuevas oportunidades educativas para la comunidad sorda y, al toparse con que allí se prefería no divulgar sus técnicas de enseñanza, partió a Francia.

“Aquí siempre ha habido una lucha por la filosofía oral versus las señas, hay una mescolanza de señas americanas, de lectura de labios y los términos de aquí”.

Allí contactó al educador Laurent Clerc y vio que utilizaban un método de enseñanza basado en las señas y la escritura. A su regreso a Estados Unidos, junto a Clerc, el norteamericano fundó en el año 1817 la primera escuela para sordos, la American School for Deaf, en Hartford Connecticut. La lengua común usada en la escuela fue la semilla del American Sign Language.

Igual sucedió en Puerto Rico. El Colegio San Gabriel para Sordos, fundado en el 1904, ha formado cientos de estudiantes sordos en Puerto Rico desde su amplia sede en Puerto Nuevo. Lo fundaron las monjas estadounidenses de la Congregación Sagrado Corazón de Baltimore, acostumbradas a trabajar con la comunidad sorda, puesto que una de sus hermanas, Francis, carecía de audición. A partir del 1956 se hicieron cargo del colegio las hermanas Franciscanas Inmaculada, de España, que tiene entre sus misiones la instrucción a la comunidad sorda.


La comunidad sorda en el país ha desarrollado un lenguaje de señas
específico que apela a las experiencias boricuas.
Foto / Archivo Javier del Valle

“El lenguaje de aquí surgió entre ellos mismos en el Colegio San Gabriel porque se tienen que comunicar. Aquí en Puerto Rico usamos el alfabeto manual, que es el mismo de Estados Unidos, lo único es que usamos la “ñ” y ellos no. Cuando llega el Colegio San Gabriel a Puerto Rico con señas y monjas americanas, es la primera vez que los sordos tienen algo formal. ¿Qué pasó aquí?, que las señas eran americanas y la Iglesia Católica decidió que como se hablaba español, debía haber monjas que hablaran español que trajeron la filosofía educativa oral, o sea, leer los labios. Aquí siempre ha habido una lucha por la filosofía oral versus las señas, hay una mescolanza de señas americanas, de lectura de labios y los términos de aquí”, apunta Matos.

En algún momento, la idiosincrasia local chocó con los parámetros extranjeros. Tomemos como ejemplo el término “inodoro” o el término “zafacón”. La oralidad española usa “retrete” o “cesto de la basura”, pero en Puerto Rico se imponen los dos términos antes mencionados. Así fue puliéndose el lenguaje de señas boricua, emergió de la cotidianeidad como ha ocurrido en otros países. Porque el lenguaje de señas, además de seguir el idioma hablado y escrito de un país, supone un asunto puramente cultural y es definido por cada generación.

“Hay una sola seña que es formal y se entiende en todo el mundo que es la de “I Love You”, que usa los dedos pulgar, índice y meñique; pero si le quitas el pulgar, aquí se convierte en una mala palabra”, cuenta jocosa Matos.

LA NECESIDAD SE IMPONE

Un sordo boricua citadino y uno del campo puede que no coincidan en todas las señas. Un sordo boricua y un sordo estadounidense puede que compartan algunas señas básicas. Un sordo dominicano, cubano, español o mexicano no comparten exactamente el mismo lenguaje de señas que uno puertorriqueño. Las experiencias definen las variaciones en la comunicación.

“Aquí, la seña de tren era para el que había ido a Nueva York y la que usamos es la americana porque lo vimos en Estados Unidos primero. Son experiencias que, si no te ocurren, no tienes necesidad de hacer la seña”, indica.

Tecnología nueva como el vídeo-relevo, permite a los traductores ver a un sordo realizar sus señas y ayudar a comunicar su mensaje cuando están en otros países.

“No hay reglas como tal diferentes”, dice Matos. “El uso de la pantomima, la expresión facial y corporal, usar el espacio, eso es básico para cualquier modalidad del lenguaje de señas porque hay sordos que dependen del background. Además, esto tiene que ver con la expresión y nosotros somos bien expresivos en comparación con otras culturas, por ejemplo, en Francia o en Japón”.


El cambiante lenguaje de señas boricua se nutre de señas
estadounidenses, de la lectura de labios de la filosofía española
y de los términos propios del hablar local. Foto / Archivo Javier del Valle

La disponibilidad de intérpretes en casi todos los espacios públicos en Estados Unidos permite al sordo tener un proceso educativo y de socialización óptimo, a juicio de Matos quien además se desempeña como consejera en Rehabilitación Vocacional y realizó una maestría en Estados Unidos sobre la educación de sordos.

“Ahora mismo estamos trabajando aquí con la Ley 136 con la que esperamos poder preparar más gente del gobierno en sus diferentes ambientes de trabajo para que, si alguien sordo solicita servicios, al menos pueda ayudarle en lo que llega un intérprete. Además, el senador (Juan) Dalmau exigió que en todas las escuelas se diera lenguaje de señas, pero hay que ver cómo se le da forma a esto, quién lo va a hacer, cómo el Departamento de Educación va a entrar ahí y cómo se va a incluir la perspectiva del sordo que no se puede dejar”.

“Sabemos que hay señas que solo son de aquí y han ido evolucionando; hay señas viejas que los jóvenes las han sustituido por otras. Todo evoluciona, todo cambia, ellos hacen señas nuevas con las canciones del rap, todo va adaptándose a la necesidad, al gusto, a la preferencia, esto no es una cosa estática”.

Porque precisamente esta comunidad no considera la sordera como un aspecto de separación, según indica Matos. “Ellos perciben la sordera como una forma de integración, de identificación. Los sordos siempre buscan espacios para reunirse y compartir. Los verás en la terraza de Plaza Las Américas los sábados por la noche, los viernes en Plaza del Sol o los miércoles en el Starbucks de Hato Rey. Tú entras ahí y lo que ves son manos y manos”, señala.

Matos, quien ha enseñado sobre el tema en la Universidad de Puerto Rico en Bayamón o en la Inter-Metro, entre otras instituciones, afirma que el lenguaje de señas boricua precisa de un estudio lingüístico que identifique sus estructuras y su semántica, como el realizado con el American Sign Language, para oficializarlo.

“El estudio se comenzó a hacer, pero no tuvimos continuación, no lo hemos logrado porque es muy costoso”, lamenta. “Sabemos que hay señas que solo son de aquí y han ido evolucionando; hay señas viejas que los jóvenes las han sustituido por otras. Todo evoluciona, todo cambia, ellos hacen señas nuevas con las canciones del rap, todo va adaptándose a la necesidad, al gusto, a la preferencia, esto no es una cosa estática”.

“Soy defensora del lenguaje de señas puertorriqueño porque, aunque ha habido mucha influencia del usado por los americanos, se mantiene y crece”, culmina Matos la plática.

Fotos / Archivo / Javier del Valle

 

 

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