PANI: Talleres para apagar la violencia

La intervención grupal para mitigar conductas violentas o de riesgo es la fórmula que utiliza el Programa del Adolescente de Naranjito (PANI). ¿Cómo lo logran?

Por Tatiana Pérez Rivera :: Oenegé

Personal de PANI brinda los talleres en las escuelas. Foto / Suministrada

 

Primero llegan tímidos. Motivados por algún amigo, por un maestro o un exparticipante, se acercan a la sede del Programa del Adolescente de Naranjito (PANI). Casi siempre alguien habla por ellos. “Ella necesita que alguien la ayude”. “Él quiere que alguien lo escuche”. 

Otras veces, psicólogos o trabajadores sociales de la organización los identifican cuando brindan un taller en alguna escuela en el que manejan temas como autoestima, manejo de coraje, bullying, drogadicción, acoso sexual, embarazo juvenil o maltrato familiar, entre otros.

Cuando por fin hablan, suele suceder que sus primeras palabras sean: “yo vengo a probar”.

Ningún problema. Probarán entonces lo que ha sido una fórmula efectiva en esta organización que hace treinta años atiende la salud emocional y el desarrollo de la juventud naranjiteña y de pueblos cercanos como Comerío, Barranquitas, Corozal, Toa Alta o Bayamón.

“Cuando llegan buscan tener un recurso abierto. Tú me necesitas, yo estoy aquí”, describe Marcelino Oyola Cintrón, asesor de PANI y expresidente de su Junta de directores, sobre el principio de la relación con los participantes.


Grupo de psicólogas, trabajadoras sociales y personal del Programa del
Adolescente de Naranjito (PANI). Foto / Javier del Valle

“Por lo general el joven no viene porque lo empujaron sino porque él mismo identificó que necesita la ayuda. Una de las cosas que nos ha dado muchísimo resultado es que se establece un compromiso: ‘estamos bien claros de que el problema no es mío, es tuyo, de que yo soy tu recurso y tú me vas a utilizar según tú entiendas pero establecemos unas reglas de juego y las vamos a hacer entre tú y yo’”, agrega Oyola.

“¿Cuándo tú puedes venir a verme sin que me cojas de excusa para salir del salón de clases?” o “Llámame como tú quieras”, son premisas que muestran flexibilidad y firmeza en iguales dosis. 

“Los adolescentes necesitan estructura, pero no una impuesta sino que los lleve a que ellos reconozcan ‘yo necesito control’. Les queda claro que con nosotros ‘cuando tú no quieras, no quieres’. Ahora, yo te tengo que avisar cuáles son las consecuencias de no querer y tú tomas tu decisión”, presenta como ejemplos el asesor de PANI. 


Marcelino Oyola Cintrón y Áurea Berríos Sáez, asesor y directora ejecutiva,
respectivamente, de PANI. Foto / Javier del Valle

Los límites de la confidencialidad respecto a lo que la ley le impone a PANI son advertidos al tratar temas como el embarazo precoz o el uso de drogas.

“Aquí el personal es joven, lo conocen y confían en él. Ellos hablan entre ellos y dicen ‘ve allí porque mi amigo le contó a la trabajadora social que usaba drogas y ella no salió corriendo a decírselo a su papá’. Se lo vamos a decir a papá, pero contigo, yo te voy a llevar hasta papá para que busquen ayuda. No se trata de ser cómplices si no de que se sientan protegidos. Nosotros somos un amigo profesional que no impone sus criterios”, define Oyola.

 

ACCIÓN EN LA ESCUELA

El verdor montañoso rodea el casco urbano naranjiteño y en una de sus vías de salida ubica la pequeña estructura de PANI. Allí, personal de psicología atiende a adolescentes y a sus padres en clínicas por un donativo de $5, y diseñan talleres que imparten en escuelas de la zona.   


Aunque dirige la organización, Áurea Berríos Sáez se ha involucrado en
los talleres "Viaje de esperanza" que brinda PANI a estudiantes de kínder
en adelante. Foto / Javier del Valle

“Siempre hemos trabajado con las escuelas. Tenemos programas de nivel elemental, intermedio y superior”, detalla la directora ejecutiva de PANI, Áurea Berríos, sobre servicios que asegura suelen incentivar el abandono de actitudes negativas, lo que redunda en un mejor aprovechamiento académico.

“Ese impacto que se ha ido dando en las escuelas ha llegado a otros pueblos. De agosto para acá, hemos recibido petición de las escuelas superiores de Comerío, de Barranquitas y de Corozal. Y tengo un problema, nosotros no tenemos tantos recursos pero no se le niega el servicio. Tenemos muchísimos proyectos y me ha sorprendido la cantidad de peticiones de alianza para ofrecer los talleres”, sostiene Berríos.

Los temas son seleccionados según la información que arrojan las encuestas de necesidades, en las que suelen salir a relucir, indica la directora, “problemas con la sexualidad, la drogadicción, el abandono y el bajo aprovechamiento escolar”. También debe reforzarse la autoestima, el manejo de emociones y cómo enfrentar el bullying. Los talleres incluyen más de una sesión y se realizan en las escuelas. El cierre de cada ciclo lo celebran con una excursión. 

“… un muchacho que llega a la escuela con coraje, molesto, no va a querer aprender. Y no es que no quiere, ¡es que no puede!”.

Algunos programas sirven estudiantes tan pequeños como los de kínder, a sus cuidadores y maestros. Uno de ellos es “Viaje de esperanza” y a lo largo de ocho sesiones hablan del duelo, la tristeza, enseñan a manejar el acoso y a fortalecer la autoestima. “Al final los nenes no nos quieren dejar ir”,  confiesa emocionada Berríos.

Esa sed por contenido dirigido a la formación personal y emocional suele contrastar con los programas académicos que predominan en el Departamento de Educación. 

“Quizás el Departamento se ha enfocado mucho en la enseñanza y en el aprendizaje pero no se ha dado cuenta de que para tú lograr ese propósito hay unas fuerzas externas, que no están controladas, que van a afectar porque un muchacho que llega a la escuela con coraje, molesto, no va a querer aprender. Y no es que no quiere, ¡es que no puede!”, añade, de otra parte, Oyola, asesor de PANI.

Y así es como llegamos al tema de la violencia.

 

EL VIOLENTO SOY YO


Talleres escolares ofrecidos por PANI. Foto / Suministrada

Esta organización ha repetido su fórmula para apagar la violencia a lo largo de los años. “Aquí hemos probado que en una forma indirecta es más efectivo manejar una situación, que irte de frente con una confrontación”, dice Oyola, quien comparte otras estrategias.

“El manejo del coraje es más efectivo si se trabaja en grupo”, puntualiza Oyola, “porque quien manifiesta el coraje no se siente tan amenazado de esa forma. Las compañeras que van a las escuelas tienen la ventaja de decir: ‘yo no fui el que dije que tú eras violento porque tu no sabías manejar el coraje, yo vengo porque me pidieron que los ayudara’”.

Algunos se frustran porque no dominan destrezas de lectura o de matemática, otros por situaciones familiares o hasta por burlas que han recibido. “Si aquel se mete conmigo le meto las manos”, suelen decir los que están en un grado de coraje elevado, con la seguridad de que la amenaza no solo queda en palabras. “Brega”. “Dale la oportunidad”, son algunas respuestas de sus compañeros, con niveles de coraje menos altos, que ayudan a los talleristas en la dinámica inicial. 

“Y fíjate que están reforzando lo que yo quiero y no lo estoy diciendo yo, el adulto que se cree que lo sabe todo. Algunas veces los adultos pecamos de no darnos cuenta que a veces el violento soy yo porque estamos proyectando coraje. En grupo baja la tensión de que no me señalas y estoy más receptivo a escuchar y a reflexionar. Ellos piensan: ‘a mi nadie me dijo que yo cambie, aquí están diciendo cuáles son las consecuencias de pegar o ser soberbio, lo que le pasa a otros’. Entonces dicen, ‘ah pues mira, yo no soy tan anormal, tan problemático’. Muchas veces esos jóvenes van cargando con esos adjetivos como su nombre o apellido”, lamenta Oyola.


Marcelino Oyola Cintrón fue presidente de la Junta de directores de PANI.
Foto / Javier del Valle

También PANI ha abordado, a su estilo, la violencia de género y la educación sexual. En vez de imponer sus recursos para que le hablen a los estudiantes sobre sexo en sectores conservadores, la organización prefiere educar a esos padres religiosos sobre la manera en que tienen que realizar dicha tarea. “Hablando claro” era el enfoque de ese programa que realizaron junto a una iglesia pentecostal de la zona.

“En la escuela superior había entre 35 a 40 embarazadas, y luego de ese programa el número bajó a 8. Cada violencia tiene su tipología y no las puedes atender todas iguales”.

En Congreso Juvenil que celebran en el Centro de Bellas Artes de Naranjito, con la participación de 250 jóvenes de escuelas públicas y privadas es otro evento importante como también lo será la transformación de la escuela elemental en desuso Felipa Sánchez, en el barrio Cedro Abajo, en un centro de usos múltiples. Con la ayuda del municipio esperan establecer un head start y una biblioteca pública.

Mientras tanto allí, en la pequeña casita a la salida del pueblo en Naranjito, cada joven que llega encuentra respuestas.

Fotos y vídeo: Javier del Valle







 



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