Estudiantes de la Universidad Albizu realizaron prácticas de consultoría en diversos procesos para cuatro organizaciones sin fines de lucro. Conoce la experiencia con la Alianza para un Puerto Rico sin Drogas.

Por Tatiana Pérez Rivera :: Oenegé

El sueño de cualquier estudiante inexperto estuvo en bandeja de plata: realizar un proyecto de consultoría a una organización. Y se dio. Y a continuación te contamos cómo se conectaron los puntos para que el hilo de la teoría y de la práctica se ataran de forma sólida.

La consultora en voluntariado y en desarrollo organizacional Astrid Morales le propuso a sus alumnos de maestría y doctorado del curso Principios y fundamentos del proceso de consultoría en la Universidad Carlos Albizu, realizar un proceso de consultoría con algunas organizaciones donatarias de la Fundación Ángel Ramos que participaron de un proyecto especial de fortalecimiento organizacional.

“Lo curioso es que las necesidades que atendieron los estudiantes fueron parte de esos procesos de identificación de necesidades o áreas de fortalecimiento que se hicieron hace dos años atrás con un donativo especial y no se habían atendido por falta de peritaje técnico”, expone Morales sobre Bill’s Kitchen, Alianza para un Puerto Rico sin Drogas, Museo de Las Américas y Hogar Ruth.

A lo largo de 16 semanas, los jóvenes atendieron el pedido de la organización, desarrollaron un documento de medición, desarrollaron un contrato -aunque no recibieron paga- y realizaron la presentación a sus clientes. Esa fase en algunos casos quedó interrumpida por la cuarentena provocada por el COVID-19, aunque el trabajo está listo para ejecución y se pulió mediante videoconferencias. Cabe señalar que ese tipo de consultoría puede costar entre $5 y $7 mil  en el entorno profesional. La experiencia quedará consignada en el resumé de los estudiantes.

EL CASO DE LA ALIANZA

La Alianza para un Puerto Rico sin Drogas recibió los servicios de un grupo de estudiantes encabezado por Rafael Otero. Trabajaron un estudio de percepción para donantes, maestros y estudiantes participantes de sus proyectos. Gracias al instrumento sicométrico que realizaron, ahora la organización puede conocer opiniones y distintos intereses de los participantes a los que sirven.

“Fue una súperbuena experiencia, aprendí un montón y el feedback fue muy bueno, así que me siento bien contento con el trabajo realizado”, comparte Otero, alumno de doctorado en psicología industrial.

El joven de 24 años asegura que desde el inicio disfrutaron de una buena química de trabajo en la organización.

“Siempre estaba esa apertura y ese interés de hacer las cosas bien. Como cada organización tiene un contexto diferente, aprendí cómo manejar esas relaciones con los donates en los trabajos que hicimos. Eso es bien importante y es lo que valida el trabajo de la Alianza, así que me llevé eso”, añade.

¿Y cómo lo percibió la organización? Melissa Frontera, trabajadora social y coordinadora programática de Alianza para un Puerto Rico sin Drogas explicó que en su plan estratégico para el 2019-2022 se requería medir la opinión de los donantes y participantes sobre sus servicios. La misión de prevenir el uso de drogas es la meta principal, pero además han integrado inciativas para fomentar los factores de protección y para trabajar con habilidades para la vida, según dispone la Organización Mundial para la Salud. 

“La idea es cómo caminamos juntos y nos acompañamos en un diseño que responda al contexto de la organización -que solo lo plantea ella- y cómo esas necesidades se ajustan con modelos, teorías y metodologías académicas que están validadas”.

“Estábamos en esa línea de tomar la temperatura de cuán satisfechos estaban de respaldar una organización como la nuestra. Queríamos medir satisfacción y percepción y la experiencia con los estudiantes fue bien satisfactoria, yo sentía que estaba trabajando con colegas no con alumnos. Desde el principio quedaron bien impactados al conocer el trabajo que hacemos en escuelas y comunidades, les motivó mucho que la experiencia fuera bien enriquecedora tanto para ellos como para nosotros y estuvieron bien involucrados. La comunicación fue bien abierta desde el principio”, rememora Frontera.

Cuando culminaron el documento, lo discutieron y “lo desmenuzamos con ellos”. “Fueron bien receptivos a las dudas y las interrogantes que teníamos. En la Alianza quedamos bien complacidos y contentos con el resultado”, dijo la trabajadora social quien celebró que los alumnos mostraron interés en realizar labor voluntaria en la organización y a darle continuidad al trabajo desde otro curso.

En su trabajo en el salón de clases, los estudiantes siguieron el modelo de consultoría que les permitió deconstruir esa noción de que el consultor “es el expertólogo”, según indica la profesora Morales.

“La organización es experta en sus procesos y nosotros en procesos de psicología aplicados a una organización o al comportamiento humano. La idea es cómo caminamos juntos y nos acompañamos en un diseño que responda al contexto de la organización -que solo lo plantea ella- y cómo esas necesidades se ajustan con modelos, teorías y metodologías académicas que están validadas. Ahí esta la magia en el proceso y se cierra la brecha entre la academia y la práctica”, culmina Morales.

 

Fotos / Javier del Valle

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